jueves, 29 de mayo de 2008

Sueño 1

...Las piernas me temblaban. Había esperado ese momento por meses y ahora que por fin parecía que llegaba, los nervios me traicionaban. Cuando llegó, con su vestido corto, dejando a la vista sus bien torneadas piernas y el principio de unos sedosos muslos, coronado por un sencillo escote, discreto pero lo suficientemente revelador como para que la sangre comenzara a hervir en mis venas, me quedé sin habla. Ella sonrió y preguntó si me gustaba. Yo dije que me enloquecía tanto lo que veía como lo que adivinaba. Volvió a sonreir y acomodó su cabello en ese breve gesto que dejaba a la vista su cuello de cisne. Luego extendió los brazos hacia mí y me dejé llevar. La abracé y, sin pensar, roce levemente sus satinados labios en un contacto electrificante. Ella sostuvo el abrazo, luego la mirada y, por fin, nos besamos, primero con mucha ternura, luego con pasión y al final con lujuria. Nuestras lenguas se trenzaron en una lucha sin tregua, aspirábamos nuestros mutuos alientos sin darnos un descanso. Mientras tanto, nuestras manos viajaban de un lugar a otro, sin descanso ni reposo, de una pierna a un seno, de un muslo a un glúteo, y así, en un frenesí que apenas comenzaba pero parecía que no tendría fin. Bajé el cierre automático de la espalda de su vestido, sólo para comprobar que no traía puesta ninguna ropa interior. Tomé un pecho en mis manos, ambas, como temiendo que se fuera a romper o a desaparecer. Lo miré con éxtasis, lo acaricié y luego bajé mi boca hacia él. Con suavidad aspiré su aroma, deslicé mi lengua por toda su superficie, lentamente, sin prisas. Cuando comencé a jugar con el pezón, entre mi lengua y mis dientes, ella primero suspiró, luego se arqueó hacia atrás para exponerlo más completamente, y luego sostuvo mi cabeza con firmeza contra su cuerpo. Encontré sin dificultad mi camino hacia el otro pecho>y repetí la exploración. Comencé a bajar por su abdomen y me perdí en su delicado ombligo. Seguí bajando para encontrar una espesa mata de vello que escondía un muy anhelado tesoro. Pasé de largo y me dediqué a besar y lamer sus muslos, por dentro y por fuera. Me fui acercando a su vagina, lentamente, dejando pequeñas gotas de saliva en el camino, como si las necesitara para encontrar la ruta de salida. Ella solamente suspiraba intensamente y sostenía mi cabeza, como temerosa de que se fuera a caer o a salir volando como un globo inflado con gas. Llegué a los labios exteriores, los olí, los lamí, los succione y, finalmente, los abrí. Repetí el procedimiento con los labios interiores y luego penetré con mi lengua lo más profundamente que pude en su vagina. Exploré cada rincón, por más recóndito que fuera, hasta que llegué al clítoris. Estuve años allí, regodeándome con él, hasta que la sentí tensar su cuerpo. En ese momento aceleré mis movimientos, ella lanzó un quejido largo y prolongado, y luego se aflojó por completo, jalándome por los cabellos hacia su rostro. Me besó, lamió los restos de su orgasmo que aún brillaban en mi cara y me acunó contra su pecho. Entonces comenzó a sollozar...

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