jueves, 29 de mayo de 2008

Amor y religión.

Benito entró a la iglesia. En realidad, era la capilla en la que hizo su primera comunión. Se sentó primero y se hincó después. Actuaba como un autómata, por instrumentos, la mirada perdida, la piel sin color. Un muerto viviente. Salió el padre Antonio, hombre de unos 80 años a quien, en quien, tenía mucha confianza desde mucho tiempo atrás, aunque muy poco lo frecuentara. Benito ni lo saludo, sino que en cuanto lo vio, se metió al confesionario. El sacerdote lo siguió y abrió la puerta de comunicación.

- "Ave María Purísima" dijo el padre
- "Sin pecado concebida" respondió Benito en voz muy baja.
- "¿Hace cuánto tiempo te confesaste?"
- "Más del que puedo recordar, padre"
- "Bueno, dime tus pecados"
- "¿Amar es pecado, padre?"
- "Depende, hijo"
- "¿Cuando Cristo dijo amaos los unos a los otros, nos estaba incitando a pecar?"
- "¿A dónde quieres llegar, Benito?"
- "A que me diga si amar es pecado o no, sin ambages, antes de confesar mis problemas. Pero si no puede discernir algo tan complicado y a la vez tan sencillo, entonces dejemos todo por la paz, padre"
- "Te noto nervioso, Benito. ¿Algo te afecta? Antes que nada, a pesar de no hablar mucho ni muy seguido, creía que éramos amigos"
- "En ese plan vengo, padre. Pero usted no me responde mi pregunta"
- "Amar no es pecado. No en el sentido que tú lo mencionas, como un mandato de Jesús, nuestro salvador. Pero ocurre que a veces creemos que amamos y estamos confundiendo ese sentimiento con otro sentimiento más instintivo…"
- "Sexo" interrumpió secamente Benito.
- "Sí, sexo, deseo, lujuria"
- "Yo hablé de amor, simple, sencillo, puro, amor a raudales, desbordándose a ríos, sin sexo, con ganas de sexo pero sin tenerlo. Y no me salga con los malos pensamientos, porque entonces se acaba la discusión. Bueno, discusión no, la plática."
- "No, el amor no es pecado. ¿Puedo saber qué te pasa? Estás muy alterado, nunca te había visto así"
- "Perdón, padre, usted no tiene la culpa. Voy a hacer un poco, no, más bien, mucha historia. Cuando yo era niño, una tarde especialmente nublada y triste, usted me sacó de mi salón de clases y me trajo a esta misma capilla. Allí, usted me anunció que mi padre había muerto, que Dios había decidido llevárselo porque era necesario y todas esas zarandajas que confortan sin explicar absolutamente nada. ¿Recuerda? Veo en sus ojos que sí. Me resultó extraña una decisión así atribuida a Dios, pero la acepté. A fin de cuentas, en aquel entonces no estaba muy acostumbrado a protestar. Aún ahora, sigo aceptando las cosas conforme me van llegando, pero protesto, cuestiono, un poco más. Sabe usted de los problemas en mi casa, con mi mujer, que cada cuarto de hora encuentra un motivo para pelear. Los niños le importan un comino, ella debe hacer su santa voluntad y si eso es insultar, gritar, desafiar, simplemente lo hace. Yo poco respondo, padre, pero lo hago, no tengo ni la paciencia ni la tolerancia de un santo. Tenemos tres hijos, pero desde el primero comenzaron los problemas. Todo debía hacerse según sus normas, sus criterios, sus órdenes. Yo no discuto, pero tampoco acato. No soy esclavo. Aún la quiero, adoro a mis hijos, pero la convivencia es cada vez más complicada."

Benito hizo una pausa, suspiró, se volvió a acomodar en el reclinatorio, para después proseguir con su relato

- "Mucho tiempo ha pasado y, de pronto, sin buscarlo, me siento perdido …"
- "¿Te acostaste con alguien?" interrumpió escandalizado el padre.
- "No, peor, me siento confundido y creo que lo mejor es, sería, desaparecer …"
- "¿Pero estás loco? ¿Cómo puedes creer eso? Es una locura, Benito, por Dios…"
- "Por Dios, sí, por Dios. Él puede tener mucha de la culpa. No, en realidad, Él tiene toda la culpa. En más de una ocasión me encontré hablando con él para convencerme de que Dios existe, que no es un ser vengativo, que nos quiere, que se preocupa por nosotros, y siento que, de alguna manera, esas pláticas acabaron de confundirme. Luego de todo esto, siento que la religión es basura, todo rodeado de mierda, una invención que lo único que hace es sojuzgar a los hombres, quitarles su dignidad y convertirlos en esclavos de otros, de ustedes, de los políticos y los sacerdotes…"
- "Nunca te había escuchado hablar así y espero que no creas de verdad lo que estás diciendo, Benito, sabes que eso que dices no es verdad"

Benito se soltó llorando y solamente atinaba a preguntar, en medio de sus lágrimas, repitiendo una sola pregunta: "¿Por qué, entonces? ¿Por qué ya no podemos ni hablar sin gritar o insultarnos?". Largo rato transcurrió, hasta que una especie de calumniosa paz se cernió sobre ellos. Aún con sus sollozos, Benito comenzó a hablar nuevamente, con más calma.

- "Cuando murió mi padre, más bien cuando averigüé la verdad acerca de su muerte, lo odié por habernos dejado y renegué de Dios por haberle permitido ausentarse. ¿Dónde, si la había, estaba su infinita bondad? No con nosotros, desde luego…"
- "¿Qué sabes de tu padre?"
- "Que terminó suicidándose. Desde entonces, antes de cumplir los diez años, siempre he tenido el temor de terminar igual que él, porque siempre he creído que el suicidio tiene bases genéticas. No lo puedo demostrar, pero hay algo que llama la atención hacia el suicidio, cuando hay suicidas en la familia. En fin, odié a mi padre toda mi vida, bueno casi toda mi vida. Luego, lo perdoné sin olvidar mi rencor. Y ahora encuentro que tal vez pueda comprenderlo y hasta me dan ganas de seguir su ejemplo. El suicidio como solución, muerto el perro se acabó la rabia. Es tentador, y cuando se tienen motivos, se hace más fácil. La genética, padre…"
- "¡No digas estupideces!" bramó el sacerdote, rojo y descompuesto el rostro por la indignación "el suicidio jamás será solución a nada. Dios te puede dotar de fortaleza para superar cualquier crisis…"
- "Sin rollos, padre. Si me estaba dotando de fortaleza para superar la crisis de mi matrimonio, entonces ¿por qué me quita mi tabla de salvación, la confianza, la autoestima, el respeto de mis hijos? Sí, sé que es una estupidez, una pendejada…"
- "Platícame más pausadamente, me estás enredando y a mi edad ya es difícil coordinar bien las ideas. Vamos por partes, por favor"
- "Mi enojo, mi encabronamiento (perdón, pero es exactamente eso) es con Dios. Sólo con Él. Si ya mi vida era un desmadre, ¿para qué complicarla, hundirme en la mierda de la soledad, la tristeza, el desamor, por lo que me resta de vida? ¿Es un castigo por no haber sufrido lo que mis hermanos cuando se fue mi padre? Qué poca madre, perdón otra vez, pero ahora sí no voy a dejar de maldecir. Me siento como el niño pobre al que le enseñan un plato de comida, apetitoso, antojadizo, para después burlarse de él diciéndole ; si es para recordarme que pertenezco a la clase social de los jodidos, fue demasiado brusco el recordatorio; no lo entiendo, y como no lo entiendo, ¡NO LO ACEPTO!" terminó en un estentóreo grito que resonó en todos los rincones de la capilla.
- "¿Por qué crees que estás tan molesto, tan decepcionado?"
- "¿Por que insinúa que solamente lo creo? Estoy abrumado por deudas, conflictos laborales y por la falta de apoyo dentro de mi propia casa"
- "¿Crees que lo mejor para ti sería abandonar tu casa, a tus hijos?"
- "No lo sé, de verdad no lo sé, no obtendría nada bueno y dejaría desamparados a mis hijos, pero por otra parte dejarían de vivir los constantes pleitos entre nosotros"
- "¿Entonces, de qué te quejas? ¿No dices que lo único que te interesa es su bienestar, que harías cualquier cosa por ellos? Pues haz a un lado tus quejas y tu dolor y ya no te quejes, eso es amor, amor por ellos. Y voy a maldecir igual que tú, para que me entiendas. Si eres capaz de hacerlo, de aguantar estos momentos difíciles, de hacerte presente siempre para ellos, pase lo que pase, entonces quiere decir que de verdad los amas; si no eres capaz, y te estás haciendo pendejo solo, buscas excusas para encontrar culpables fuera de ti mismo porque no quieres reconocer tus culpas; quieres todo para ti y no eres capaz de ningún sacrificio. Hablado es muy bonito, pero actuado ya cuesta, ¿verdad?" dijo el padre con voz dura, sin flexiones. Benito tardó en responder.
- "Creo que no se entiende mi posición, padre. Los amo y por ello estoy dispuesto a desaparecer de su vida, aunque me cueste la vida, aunque acabe suicidándome como mi padre. Cállese, no me interrumpa, yo lo dejé hablar sin intervenir. Mi enojo, mi sentir, es con Dios, que la puso en mi camino para luego quitármela, luego de darme tres hijos. Y no se la llevó, simplemente me la quitó, hizo que perdiera el amor que un día me tuvo. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Otra prueba? Me cago en la mierda, ya no más, ¿es simplemente otra forma de recordarme que nací jodido y debo terminar jodido, para perpetuar a las clases sociales establecidas, creadas, sostenidas por la religión? Creo que ya basta, si he recibido más de lo que merezco, ¿por qué mejor no me muero y ya? " dijo Benito y nuevamente estalló en llanto, pero esta vez menos ruidoso y más lastimero. El padre guardó un respetuoso silencio. Al fin, Benito continuó.
- "A principio de la semana antepasada mencionamos el tema y tuve miedo, pero mantuve una esperanza: si logramos pasar así, en comunión casi perfecta, con mucha comunicación, con intercambios de ideas, de posiciones, hasta que los dos hablemos con un médico o un sicólogo, a los dos nos va a ser mas fácil separarnos después, si no logramos modificar lo que tiene que cambiar, pero al menos trataremos de lastimar menos a los niños. De navidad, me regaló una ilusión. Poco me duró el gusto. Todo cambió en cuestión de horas, de minutos. Dos días después, cuando hablamos definitivamente sobre el tema, me dijo que no estaba dispuesta a desperdiciar tiempo ni dinero en médicos, si no veía ningún futuro en ello. Dice que me quiere, y le creo, pero que tiene que encontrar espacios propios, y también le creo, pero para que encuentre esos espacios, le estorbo yo, no nuestros hijos, solamente yo. Y aquí estoy, con solamente dos opciones que manejábamos mucho cuando yo era joven, haciéndolas válidas ambas a la vez: chíngate o llora. Las utilizo a las dos, una tras otra (y nada tiene que ver Paco Stanley). Tengo días durmiendo como bebé, porque me despierto llorando cada dos horas; el día que me lo dijo estuve vomitando todo el tiempo. En fin. Bueno, vea, cuando salí después de ser cortésmente enviado al demonio, me subí al coche. 215 km/h. Media hora corriendo a esa velocidad como loco, hasta que pensé primero que no tengo derecho a matar a nadie junto conmigo; luego, pensé en mis hijos. Regresé a mi casa, metí el coche y me salí a caminar por la calle. Me trataron de asaltar y en la defendida saqué un corte en una pierna, hecho con navaja. Pero no me robaron nada. Estoy lleno de ira, de angustia, de miedo. Y a todas mis dudas, pareciera que Dios solamente me contesta: . Eso es propio de un Dios cruel, no del Dios que yo pretendía hacerle ver a ella. Quiero morir, pero le tengo miedo a la muerte. Y tengo miedo de seguir viviendo, no le encuentro sentido a mi vida lejos de ella, al menos no en este momento. Y creo que jamás recuperaré las ganas de vivir, así que estoy en un dilema. ¿Sirvo para algo cuando no tengo deseos, ímpetu para nada?"
- "Lo primero que tienes que hacer es convencerte a tí mismo de que esto es lo mejor para ella; si de verdad lo crees, dejarás de buscar lo mejor para tí, diciendo que es por el bienestar de los dos. Cuando hayas logrado hacer eso, entonces podrás convencerte de que Dios te puso a tí en el camino de ella para ayudarla en algo, has sido un instrumento de Dios para que ella crezca, gane experiencia, qué sé yo; para engendrar esos hijos como parte del crecimiento de ambos, pero creo que Dios no la puso a ella en tu camino para tu bienestar…"

Benito le interrumpió, llorando mientras hablaba, hablando mientras lloraba, con suspiros que entrecortaban las frases

- "Pura retórica, demagogia, tergiversar los hechos. ¿Por qué tenía ella que enamorarse de mí? ¿Por qué tenía yo que enamorarme de ella? ¿Por qué no podíamos hacer algo el uno por el otro, sin este maldito dolor que no me deja respirar? ¿Por que tengo que tenerla en la mente, en el corazón, en el alma, en la piel? ¿Por qué tiene que quitarme a mis hijos para encontrar su camino? Podría haber hecho casi cualquier cosa por ella sin necesidad de perder la cabeza, la esperanza en mi propia vida, la fe en mí y en Dios, la fe en el amor verdadero, la esperanza en que se puede merecer algo bueno o mejor en este mundo, sin dejar de creer que hay otra vida después de ésta. Ya no creo en nada, padre, y todo aquello que sostenía mi columna vertebral de creencias, se fue a la chingada en muy poco tiempo. No creo que Dios exista, y si existe, no lo quiero así. Quizá dentro de algunos años podría repensar todo esto y tener conclusiones distintas, pero por ahora, solamente necesitaba que me escuchara en confesión, padre, porque de esa manera no podrá repetir nada de esto a nadie sin romper el secreto de confesión. Necesitaba desahogarme. Por el momento, ella es mi vida y mis hijos mi Dios y mi amor por ellos es mi única religión. Y sin ellos ya no tengo nada"

Benito calló, solamente se escuchaban sus suspiros intermitentes y sus sollozos, cada vez menos y menos audibles. El padre dejó pasar un poco de tiempo y dijo:

- "Espero que te hayas desahogado, Benito, porque te esperan épocas difíciles. Te debes a tu familia, a tus hijos, a tu es…"

De pronto resonó un estallido como un cañón y rebotó una, cien, mil veces en las paredes de la capilla. El ruido fue ensordecedor y atemorizante. El padre, sobresaltado, salió a toda prisa del confesionario. Sin que el padre pudiera percatarse de ello, Benito había salido de su cubículo y, postrado a los pies del altar, allí donde le anunciaran la muerte de su padre, se había pegado un tiro, por la boca, atravesando el paladar, penetrando el cerebro. Una magnum .357 de balas expansivas. Su sangre, su cerebro, piel ensangrentada, fragmentos de hueso, se encontraban esparcidos por todo el lugar. El padre Antonio se desmayó. Dos cuerpos yacían inanimados, uno en el altar y uno abajo.

Sueño 1

...Las piernas me temblaban. Había esperado ese momento por meses y ahora que por fin parecía que llegaba, los nervios me traicionaban. Cuando llegó, con su vestido corto, dejando a la vista sus bien torneadas piernas y el principio de unos sedosos muslos, coronado por un sencillo escote, discreto pero lo suficientemente revelador como para que la sangre comenzara a hervir en mis venas, me quedé sin habla. Ella sonrió y preguntó si me gustaba. Yo dije que me enloquecía tanto lo que veía como lo que adivinaba. Volvió a sonreir y acomodó su cabello en ese breve gesto que dejaba a la vista su cuello de cisne. Luego extendió los brazos hacia mí y me dejé llevar. La abracé y, sin pensar, roce levemente sus satinados labios en un contacto electrificante. Ella sostuvo el abrazo, luego la mirada y, por fin, nos besamos, primero con mucha ternura, luego con pasión y al final con lujuria. Nuestras lenguas se trenzaron en una lucha sin tregua, aspirábamos nuestros mutuos alientos sin darnos un descanso. Mientras tanto, nuestras manos viajaban de un lugar a otro, sin descanso ni reposo, de una pierna a un seno, de un muslo a un glúteo, y así, en un frenesí que apenas comenzaba pero parecía que no tendría fin. Bajé el cierre automático de la espalda de su vestido, sólo para comprobar que no traía puesta ninguna ropa interior. Tomé un pecho en mis manos, ambas, como temiendo que se fuera a romper o a desaparecer. Lo miré con éxtasis, lo acaricié y luego bajé mi boca hacia él. Con suavidad aspiré su aroma, deslicé mi lengua por toda su superficie, lentamente, sin prisas. Cuando comencé a jugar con el pezón, entre mi lengua y mis dientes, ella primero suspiró, luego se arqueó hacia atrás para exponerlo más completamente, y luego sostuvo mi cabeza con firmeza contra su cuerpo. Encontré sin dificultad mi camino hacia el otro pecho>y repetí la exploración. Comencé a bajar por su abdomen y me perdí en su delicado ombligo. Seguí bajando para encontrar una espesa mata de vello que escondía un muy anhelado tesoro. Pasé de largo y me dediqué a besar y lamer sus muslos, por dentro y por fuera. Me fui acercando a su vagina, lentamente, dejando pequeñas gotas de saliva en el camino, como si las necesitara para encontrar la ruta de salida. Ella solamente suspiraba intensamente y sostenía mi cabeza, como temerosa de que se fuera a caer o a salir volando como un globo inflado con gas. Llegué a los labios exteriores, los olí, los lamí, los succione y, finalmente, los abrí. Repetí el procedimiento con los labios interiores y luego penetré con mi lengua lo más profundamente que pude en su vagina. Exploré cada rincón, por más recóndito que fuera, hasta que llegué al clítoris. Estuve años allí, regodeándome con él, hasta que la sentí tensar su cuerpo. En ese momento aceleré mis movimientos, ella lanzó un quejido largo y prolongado, y luego se aflojó por completo, jalándome por los cabellos hacia su rostro. Me besó, lamió los restos de su orgasmo que aún brillaban en mi cara y me acunó contra su pecho. Entonces comenzó a sollozar...

Estaciones

LAS ESTACIONES.

Se acababa de consumar un asalto a media tarde, y uno de los asaltantes estaba tratando de pasar desapercibido. Un desconocido veía la escena con morbosa fascinación. Julián se acercó al desconocido y así, a bocajarro, le espetó:

"Mire amigo, déjeme que le cuente una historia, es una historia verdadera de amor y soledad, de cariño y miedo. Verá usted y juzgará si no lo es.

Llevaba mucho tiempo viviendo sólo, aunque siempre acompañado. Es sorprendente la manera en que podemos transitar por la vida rodeados de gente, conviviendo con personas bajo el mismo techo, compartiendo la cama y la sábana y, sin embargo, estar completamente solos, aislados. Llevaba años, muchos años, viviendo de esa manera. El frío era mi eterno compañero: frío en el alma y en el corazón, que es en donde más se siente, porque ni siquiera el sol más abrasador te puede calentar un poco.
Yo acostumbraba seguir la rutina de mi vida, siempre igual, sin alteraciones ni sobresaltos. De mi casa a la primera oficina, un par de horas, luego a la otra oficina cuatro horas más; a casa a comer con mi familia (más por ellos que por mí, tanto igual me daba comer solo) y luego de regreso a la segunda oficina, otras cuatro horas. Volver a casa y estar allí, disponible, sin estar de verdad con el alma dispuesta ni el corazón plenamente abierto. Un mueble, pues.

Esa manera de vivir no era la adecuada, sin embargo yo no lo sabía. Sin ilusiones, sin sueños, sin amor, transitando como una hoja arrastrada por el viento, sin rumbo fijo por no tener expectativas. Haciendo lo que sé hacer, y tratando de hacerlo lo mejor posible, pero sin motivaciones reales. La mejor razón que siempre tuve para salir adelante fue la necesidad de dar a mi familia un ejemplo de responsabilidad, pero eso no es motivación suficiente. Así que pasaba por la vida o la vida pasaba por mí; para el caso daba exactamente lo mismo.

Luego, llegó ella. No sé de donde venía, ni me importa. Ni me importó entonces. Como una aparición llegada de mis más profundos sueños, o de algunos deseos no satisfechos, así irrumpió en mi vida, bendita sea. Era febrero. Como comienzan a retoñar las plantas en la primavera, así comenzó a asomarse a mi vida. Una plática aislada de vez en vez, un mensaje, una sonrisa. Nos hicimos amigos. Conforme avanzaba la estación, nuestra amistad se hacía cada día más fuerte, más firme. Al finalizar la primavera, ya me había acostumbrado a su presencia, su olor, sus palabras y sus silencios. Su risa alentadora y su llanto desgarrador. Sin que me diera cuenta de ello, día con día me levantaba con la esperanza de poder hablar con ella, aunque solamente fueran unos cuantos minutos. Se estaba convirtiendo, sin yo saberlo ni esperarlo, en mi mejor razón para vivir, en el motor que me hacía saltar de la cama cada mañana, a enfrentar el día con esperanza y deseos de vivir. Estaba cambiando, renaciendo. Y aún no me daba cuenta de ello. Mi mejor primavera estuvo salpicada con la luz de sus ojos y el cascabelero sonido de su cristalina risa.

Más adelante, una tarde, al iniciarse el verano, cedí a un loco impulso y la besé. ¡Cuánta dulzura en esos labios! ¡Cuánta ternura! Y sus ojos cerrados, totalmente sorprendidos cuando se abrieron. Me llené de felicidad y también de miedo. Feliz por haberme atrevido a hacerlo y feliz porque no hubo reclamaciones en el momento. Temeroso porque no sabía si esa acción, totalmente salida del corazón, podría provocar que ella se alejara de mí, sorprendida o molesta por mi atrevimiento. Pero no lo hizo. Sus ojos melancólicos me obsequiaban con el fulgor de sus pupilas y, sin darme cuenta, quedé atrapado en las redes de un nuevo amor. Y me di cuenta de que, hasta entonces, jamás había amado a nadie. Es decir, así como la amaba a ella. Más bien, como la amo, porque aún anida en mi alma, aunque sea solamente su recuerdo. Amo a mis hijos, pero es distinto. No, a ella la amo de una manera especial, con una intensidad que desconocía en mí. Y me dio miedo, hay que ser francos. Descubrir en mí esa capacidad de amar, hasta ese momento desconocida, me hizo reflexionar que ello debería traer cambios. Y muchas, demasiadas veces, he sido renuente al cambio. Es más cómodo el quedarnos como hemos estado siempre, que abandonar esa seguridad para aventurarnos a lo nuevo, a lo desconocido.

Sin embargo, no me hice a un lado, no abandoné el campo. Pensé mucho acerca de lo que me estaba sucediendo y llegué a una conclusión: me había enamorado. ¡A mis años, señor, haga usted favor!

Lleno de amor fresco, distinto, diferente, la seguí buscando y ella me siguió acompañando por el camino. Ella parecía feliz y contenta. A los besos siguieron algunas caricias, al principio tímidas, después más tórridas. Pero eran caricias siempre surgidas del amor, no de la lascivia. A pesar de lo que pudiera parecerle a algunos, imperaba en ellas la ternura. Desde el simple roce de la punta de nuestros dedos, hasta la intensidad de un abrazo en que se funden las almas más que los cuerpos, la ternura de ambos era la tónica. Pero nunca pasamos de eso. Insisto, ella parecía estar feliz, aunque preocupada. ¡Y cómo no habría de estarlo! Yo no definía mi situación, esto es, no alcanzaba a proponer algo concreto acerca de nuestro futuro. ¿Seguiría siempre así, con mi familia por un lado y ella por el otro? ¿Me decidiría a comenzar una nueva vida a su lado? Lo pensaba y lo pensaba y no alcanzaba a tomar una decisión. Así, terminó el verano y comenzó el otoño.

Durante el otoño, aunque llenos de temores por la extraña situación que nos rodeaba, nos seguimos viendo y disfrutando de nuestra mutua compañía o de nuestra plática, según fuera el caso de que nos comunicásemos por teléfono o nos encontrásemos personalmente. Podíamos pasar horas hablando o mirándonos a los ojos, con ternura, inclusive sin necesidad de contacto físico alguno. Al terminar el otoño, estábamos enamorados, los dos, plena e irremediablemente.

Al comenzar el invierno, ella se llenó de dudas. El futuro inmediato y las posibilidades a largo plazo. El hecho de que yo no hiciera propuestas firmes o claras; aún más, de que no hiciera propuesta alguna. Todo se combinó para que la angustia hiciera presa de ella. Y me dejó. Prometimos seguir siendo amigos, pero sabemos que eso será muy difícil. Me rompió el corazón, tal vez porque el de ella ya estaba destrozado. Mi falta de decisión llevó a esto, a perder la única y última oportunidad que el destino me otorgaba para poder conocer mejor lo que significa ser feliz. Tuve una probadita y, por pensar en la mejor forma de conservar el dulce íntegro, lo perdí todo.

En primavera la descubrí y nos hicimos amigos; en verano la besé y quedé enamorado; en otoño nos juramos amor eterno, aunque estábamos llenos de temores e incertidumbres; en invierno me dejó. Así de simple. Y me pregunto, ¿la volveré a ver? ¿la volveré a besar? No lo se, y mi primer impulso fue el suicidarme; el segundo fue enojarme con ella y culparla; el tercero fue el compadecerme de mí mismo y deprimirme hondamente; el cuarto fue no darme por vencido y renovar mis esfuerzos para reconquistarla. Pero ahora no se qué hacer, porque me atemoriza el acercarme a ella, me paraliza la reacción que pudiera ella tener, sobre todo si se me compara con sus nuevas compañías, nuevas amistades. Usted, amigo, que con tanta paciencia me ha escuchado, ¿podría aconsejarme?"

El desconocido se encogió de hombros, pero Julián no se movió de su lugar. Entonces, el individuo introdujo su mano en el bolsillo de su gabán y la extrajo empuñando algo metálico, que pasó casi con suavidad por el cuello de Julián. De inmediato, comenzó a brotar sangre como si fuera de un manantial. El desconocido simplemente se hizo a un lado, para no manchar sus zapatos relucientes, con la viscosa y pegajosa sangre de Julián. Luego, con voz tenebrosa, dijo:

Bueno, amigo, cualquiera que pierde de esa manera a una mujer tan fabulosa, no merece vivir, Te ahorro los problemas de sufrir sin saber cómo volverte a acercar a ella. A fin de cuentas, eso es lo que has venido buscando desde hace tiempo, pero eres tan cobarde que no tienes las agallas suficientes para hacerlo por tu propia mano. Cuentas tu historia esperando lástima o esperando respuestas. Yo solamente te doy lo que inconscientemente pides. Que Dios te recoja, estúpido, pero dudo que lo haga, porque no supiste amar a esa mujer; te dedicaste a amarte a ti mismo sin retribuirla a ella en lo más mínimo, por tu incapacidad para buscar alternativas, opciones.

Julián intentaba jalar aire, presa del pánico, mientras escuchaba al desconocido continuar

Fuiste totalmente indeciso y eso te costó perderla de la manera más absurda. Ahora, buscas consejo en desconocidos, porque tienes miedo de enfrentarte a ti mismo, verte de frente con el alma desnuda. Pero no te preocupes, así dejarás de sufrir y ya no pasarás la vergüenza de verte todos los días al espejo y decirte estúpido o imbécil. Ya no, no más. Despídete del mundo y despídete de ella, si aún albergabas alguna esperanza.

Julián cayó al suelo y se quedó tendido, tratando de apretar el corte sobre su cuello. La cabeza le daba vueltas. Sintió náuseas. Aquello de que en el último hálito de vida se revive lo pasado, era un mito. Lo único que tenía fijo en su mente, en su corazón, en su alma, era la figura de ella diciéndole adiós, con una sonrisa pura que, en el instante final, antes de perder definitivamente en conocimiento, se transformó en irónica.
El cadáver permaneció allí, tirado, casi tres días. Sus hijos lo reconocieron en la morgue, pese a las múltiples mordidas de rata que presentaba en el rostro. Nunca supieron la historia de las últimas estaciones de su padre. Y tal vez, en realidad, ni siquiera él mismo la supo.