jueves, 29 de mayo de 2008

Estaciones

LAS ESTACIONES.

Se acababa de consumar un asalto a media tarde, y uno de los asaltantes estaba tratando de pasar desapercibido. Un desconocido veía la escena con morbosa fascinación. Julián se acercó al desconocido y así, a bocajarro, le espetó:

"Mire amigo, déjeme que le cuente una historia, es una historia verdadera de amor y soledad, de cariño y miedo. Verá usted y juzgará si no lo es.

Llevaba mucho tiempo viviendo sólo, aunque siempre acompañado. Es sorprendente la manera en que podemos transitar por la vida rodeados de gente, conviviendo con personas bajo el mismo techo, compartiendo la cama y la sábana y, sin embargo, estar completamente solos, aislados. Llevaba años, muchos años, viviendo de esa manera. El frío era mi eterno compañero: frío en el alma y en el corazón, que es en donde más se siente, porque ni siquiera el sol más abrasador te puede calentar un poco.
Yo acostumbraba seguir la rutina de mi vida, siempre igual, sin alteraciones ni sobresaltos. De mi casa a la primera oficina, un par de horas, luego a la otra oficina cuatro horas más; a casa a comer con mi familia (más por ellos que por mí, tanto igual me daba comer solo) y luego de regreso a la segunda oficina, otras cuatro horas. Volver a casa y estar allí, disponible, sin estar de verdad con el alma dispuesta ni el corazón plenamente abierto. Un mueble, pues.

Esa manera de vivir no era la adecuada, sin embargo yo no lo sabía. Sin ilusiones, sin sueños, sin amor, transitando como una hoja arrastrada por el viento, sin rumbo fijo por no tener expectativas. Haciendo lo que sé hacer, y tratando de hacerlo lo mejor posible, pero sin motivaciones reales. La mejor razón que siempre tuve para salir adelante fue la necesidad de dar a mi familia un ejemplo de responsabilidad, pero eso no es motivación suficiente. Así que pasaba por la vida o la vida pasaba por mí; para el caso daba exactamente lo mismo.

Luego, llegó ella. No sé de donde venía, ni me importa. Ni me importó entonces. Como una aparición llegada de mis más profundos sueños, o de algunos deseos no satisfechos, así irrumpió en mi vida, bendita sea. Era febrero. Como comienzan a retoñar las plantas en la primavera, así comenzó a asomarse a mi vida. Una plática aislada de vez en vez, un mensaje, una sonrisa. Nos hicimos amigos. Conforme avanzaba la estación, nuestra amistad se hacía cada día más fuerte, más firme. Al finalizar la primavera, ya me había acostumbrado a su presencia, su olor, sus palabras y sus silencios. Su risa alentadora y su llanto desgarrador. Sin que me diera cuenta de ello, día con día me levantaba con la esperanza de poder hablar con ella, aunque solamente fueran unos cuantos minutos. Se estaba convirtiendo, sin yo saberlo ni esperarlo, en mi mejor razón para vivir, en el motor que me hacía saltar de la cama cada mañana, a enfrentar el día con esperanza y deseos de vivir. Estaba cambiando, renaciendo. Y aún no me daba cuenta de ello. Mi mejor primavera estuvo salpicada con la luz de sus ojos y el cascabelero sonido de su cristalina risa.

Más adelante, una tarde, al iniciarse el verano, cedí a un loco impulso y la besé. ¡Cuánta dulzura en esos labios! ¡Cuánta ternura! Y sus ojos cerrados, totalmente sorprendidos cuando se abrieron. Me llené de felicidad y también de miedo. Feliz por haberme atrevido a hacerlo y feliz porque no hubo reclamaciones en el momento. Temeroso porque no sabía si esa acción, totalmente salida del corazón, podría provocar que ella se alejara de mí, sorprendida o molesta por mi atrevimiento. Pero no lo hizo. Sus ojos melancólicos me obsequiaban con el fulgor de sus pupilas y, sin darme cuenta, quedé atrapado en las redes de un nuevo amor. Y me di cuenta de que, hasta entonces, jamás había amado a nadie. Es decir, así como la amaba a ella. Más bien, como la amo, porque aún anida en mi alma, aunque sea solamente su recuerdo. Amo a mis hijos, pero es distinto. No, a ella la amo de una manera especial, con una intensidad que desconocía en mí. Y me dio miedo, hay que ser francos. Descubrir en mí esa capacidad de amar, hasta ese momento desconocida, me hizo reflexionar que ello debería traer cambios. Y muchas, demasiadas veces, he sido renuente al cambio. Es más cómodo el quedarnos como hemos estado siempre, que abandonar esa seguridad para aventurarnos a lo nuevo, a lo desconocido.

Sin embargo, no me hice a un lado, no abandoné el campo. Pensé mucho acerca de lo que me estaba sucediendo y llegué a una conclusión: me había enamorado. ¡A mis años, señor, haga usted favor!

Lleno de amor fresco, distinto, diferente, la seguí buscando y ella me siguió acompañando por el camino. Ella parecía feliz y contenta. A los besos siguieron algunas caricias, al principio tímidas, después más tórridas. Pero eran caricias siempre surgidas del amor, no de la lascivia. A pesar de lo que pudiera parecerle a algunos, imperaba en ellas la ternura. Desde el simple roce de la punta de nuestros dedos, hasta la intensidad de un abrazo en que se funden las almas más que los cuerpos, la ternura de ambos era la tónica. Pero nunca pasamos de eso. Insisto, ella parecía estar feliz, aunque preocupada. ¡Y cómo no habría de estarlo! Yo no definía mi situación, esto es, no alcanzaba a proponer algo concreto acerca de nuestro futuro. ¿Seguiría siempre así, con mi familia por un lado y ella por el otro? ¿Me decidiría a comenzar una nueva vida a su lado? Lo pensaba y lo pensaba y no alcanzaba a tomar una decisión. Así, terminó el verano y comenzó el otoño.

Durante el otoño, aunque llenos de temores por la extraña situación que nos rodeaba, nos seguimos viendo y disfrutando de nuestra mutua compañía o de nuestra plática, según fuera el caso de que nos comunicásemos por teléfono o nos encontrásemos personalmente. Podíamos pasar horas hablando o mirándonos a los ojos, con ternura, inclusive sin necesidad de contacto físico alguno. Al terminar el otoño, estábamos enamorados, los dos, plena e irremediablemente.

Al comenzar el invierno, ella se llenó de dudas. El futuro inmediato y las posibilidades a largo plazo. El hecho de que yo no hiciera propuestas firmes o claras; aún más, de que no hiciera propuesta alguna. Todo se combinó para que la angustia hiciera presa de ella. Y me dejó. Prometimos seguir siendo amigos, pero sabemos que eso será muy difícil. Me rompió el corazón, tal vez porque el de ella ya estaba destrozado. Mi falta de decisión llevó a esto, a perder la única y última oportunidad que el destino me otorgaba para poder conocer mejor lo que significa ser feliz. Tuve una probadita y, por pensar en la mejor forma de conservar el dulce íntegro, lo perdí todo.

En primavera la descubrí y nos hicimos amigos; en verano la besé y quedé enamorado; en otoño nos juramos amor eterno, aunque estábamos llenos de temores e incertidumbres; en invierno me dejó. Así de simple. Y me pregunto, ¿la volveré a ver? ¿la volveré a besar? No lo se, y mi primer impulso fue el suicidarme; el segundo fue enojarme con ella y culparla; el tercero fue el compadecerme de mí mismo y deprimirme hondamente; el cuarto fue no darme por vencido y renovar mis esfuerzos para reconquistarla. Pero ahora no se qué hacer, porque me atemoriza el acercarme a ella, me paraliza la reacción que pudiera ella tener, sobre todo si se me compara con sus nuevas compañías, nuevas amistades. Usted, amigo, que con tanta paciencia me ha escuchado, ¿podría aconsejarme?"

El desconocido se encogió de hombros, pero Julián no se movió de su lugar. Entonces, el individuo introdujo su mano en el bolsillo de su gabán y la extrajo empuñando algo metálico, que pasó casi con suavidad por el cuello de Julián. De inmediato, comenzó a brotar sangre como si fuera de un manantial. El desconocido simplemente se hizo a un lado, para no manchar sus zapatos relucientes, con la viscosa y pegajosa sangre de Julián. Luego, con voz tenebrosa, dijo:

Bueno, amigo, cualquiera que pierde de esa manera a una mujer tan fabulosa, no merece vivir, Te ahorro los problemas de sufrir sin saber cómo volverte a acercar a ella. A fin de cuentas, eso es lo que has venido buscando desde hace tiempo, pero eres tan cobarde que no tienes las agallas suficientes para hacerlo por tu propia mano. Cuentas tu historia esperando lástima o esperando respuestas. Yo solamente te doy lo que inconscientemente pides. Que Dios te recoja, estúpido, pero dudo que lo haga, porque no supiste amar a esa mujer; te dedicaste a amarte a ti mismo sin retribuirla a ella en lo más mínimo, por tu incapacidad para buscar alternativas, opciones.

Julián intentaba jalar aire, presa del pánico, mientras escuchaba al desconocido continuar

Fuiste totalmente indeciso y eso te costó perderla de la manera más absurda. Ahora, buscas consejo en desconocidos, porque tienes miedo de enfrentarte a ti mismo, verte de frente con el alma desnuda. Pero no te preocupes, así dejarás de sufrir y ya no pasarás la vergüenza de verte todos los días al espejo y decirte estúpido o imbécil. Ya no, no más. Despídete del mundo y despídete de ella, si aún albergabas alguna esperanza.

Julián cayó al suelo y se quedó tendido, tratando de apretar el corte sobre su cuello. La cabeza le daba vueltas. Sintió náuseas. Aquello de que en el último hálito de vida se revive lo pasado, era un mito. Lo único que tenía fijo en su mente, en su corazón, en su alma, era la figura de ella diciéndole adiós, con una sonrisa pura que, en el instante final, antes de perder definitivamente en conocimiento, se transformó en irónica.
El cadáver permaneció allí, tirado, casi tres días. Sus hijos lo reconocieron en la morgue, pese a las múltiples mordidas de rata que presentaba en el rostro. Nunca supieron la historia de las últimas estaciones de su padre. Y tal vez, en realidad, ni siquiera él mismo la supo.

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